EL ÚLTIMO TREN
El andén de la estación, al que estaba a punto de llegar el último tren, se encontraba abarrotado.
Me senté en el único banco en el quedaba una plaza libre. Junto a un hombre casi anciano que aseguraba, a quien le quisiera escuchar, que su media naranja viajaba en ese último tren.
A mi derecha quedaba una anciana que lloraba desconsolada. No albergaba la esperanza de que sus hijos vinieran en el tren, pero sabía que era el último y a eso se aferraba.
Por el andén de los sueños incumplidos merodeaban niños que sonreían nerviosamente, disfrazados de futbolistas y también un bailarín que cojeaba y gritaba a todo aquel con el que se cruzaba, que el cirujano que curaría su rodilla, estaba a punto de reunirse con él. Seguro que vendría en el último tren.
Mujeres cuarentonas, hablaban entre sí, sobre lo maravilloso de su futura maternidad.
Incluso por allí se veía a un sacerdote renegado, que esperaba una señal que debería llegar en el vagón de mercancías.
Y, en medio de esa increíble vorágine, estaba yo. Con mis escritos bajo el brazo, esperando mi último tren, ese que dicen que pasa... cuando menos te lo esperas.